El diario La Nueva España publica hoy un artículo de Eladio de Pablo, (Profesor, dramaturgo ) que merece la pena difundir y que sin duda ayudará a situar y explicar el comportamiento del Partido Popular en su intento de llevar al desbarrancadero a la sociedad española.

Eladio de Pablo

Las nuevas Erinias
Eladio de Pablo
En la Grecia de hace 2.500 años, cuando aún no existían ni el derecho escrito ni los tribunales de justicia, se creía en la existencia de unas diosas ancestrales, las Erinias, o Furias, de cara de perro y cabellos de serpiente, que eran las encargadas de que ningún crimen de sangre quedase impune, de que la sangre derramada se compensara con un tributo igual de sangre. Cada crimen cometido convocaba de inmediato a la caterva de Erinias, que empujaban inclementes al familiar del asesinado a la venganza mediante la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente. Es decir, sangre por sangre.

La Erinias o Furias son personajes centrales en la monumental trilogía de Esquilo, «La Orestiada» (siglo V antes de Cristo), cuyo tema central es precisamente el de la justicia. Los héroes que desfilan por «La Orestiada» (Agamenón, Clitemnestra, Orestes, Electra) no son responsables exclusivos de sus actos, puesto que se ven impelidos por el influjo que ejercen sobre ellos las Erinias, que les conducen al crimen. Los griegos, a este influjo, lo llamaban Ate, que significa ceguera u obcecación. Obcecación la de Agamenón, que sacrificó a su hija Ifigenia; obcecación de Clitemnestra, que vengó ese crimen asesinando a Agamenón; obcecación de Orestes, que, a su vez, vengó a su padre asesinando a su madre Clitemnestra. ¿A cuál de ellos asistía la razón? Según la mentalidad de los griegos de hace más de 2.500 años, a todos y cada uno. Los estudiosos han acuñado el concepto de «justicia migratoria» para explicar el fenómeno. En efecto, tanto Agamenón, como Clitemnestra, como Orestes obraron en justicia, asistidos por sus correspondientes coros de Erinias.

¿Cómo tronchar entonces esta cadena de crímenes sin fin, ese río inagotable de sangre derramada a través de los siglos? Esquilo da en «La Orestiada» una respuesta, que es la respuesta de la Atenas democrática a la ley de la jungla: la institución del tribunal del Areópago, presidido por Atenea, que en adelante juzgará los crímenes de sangre e impartirá justicia, una justicia imparcial y objetiva, una justicia que por primera vez podrá llamarse una. Una justicia impartida por la ciudad, no por cada individuo guiado por su obcecación. Las Erinias, las Furias vengadoras serán transformadas en Euménides o Benefactoras de la ciudad. Esta metamorfosis significa el paso de una sociedad predemocrática a otra democrática.

En «La Orestiada», como en toda la tragedia griega antigua, se ilustra este proceso a través de las peripecias del héroe trágico. Se equivoca quien piense que la tragedia ensalza al héroe como modelo de conducta para el ciudadano ateniense; al contrario, la tragedia presenta al héroe como problema, no como modelo, pues que actúa siempre movido por la soberbia y la desmesura (hybris) y por la obcecación (Ate). El héroe y sus excesos pertenecen a un pasado primitivo clausurado y es incompatible con la vida democrática; el héroe es el espejo que se muestra al ciudadano ateniense para que no sucumba a los mismos impulsos atávicos, para que no cometa los mismos excesos. «Moderación» resulta ser la palabra más repetida por el coro de todas las tragedias. «Moderación», principal virtud ciudadana, de la que los héroes carecen.
Hoy, tras esos 2.500 años de civilización, en España asistimos a la resurrección de las oscuras e implacables Erinias. Las vemos azuzando a las víctimas del terrorismo para que exijan sangre por sangre, las vemos reclamar una justicia al margen de las leyes y de los dictados de jueces y tribunales; las vemos, incluso, tratar de manipular, pervertir y chantajear a jueces y tribunales para ponerlos al servicio de su atávico concepto de justicia, de su obcecada sed de venganza, atizando los más bajos instintos que laten en lo profundo del ser humano, los que lo emparentan con sus antepasados de los tiempos sin ley. Ahí tenemos de nuevo a las Erinias o Furias de antaño, con sus gruñidos feroces, erizadas de serpientes amenazadoras: Aznar, Rajoy, Acebes, Zaplana, Rouco Varela y su séquito de negros obispos, sus cómplices mediáticos e intelectuales, reclamando la regresión a la jungla, al ojo por ojo, buscando una involución a un pasado predemocrático sin más ley ni justicia que la suya, la que les interese en cada momento. Cuando ellos excarcelaban etarras a manos llenas, y sus acólitos religiosos, intelectuales y mediáticos pasaban de puntillas sobre el hecho, sin escandalizarse lo más mínimo, no tenían enfrente ningún coro de Erinias, porque los demás partidos parlamentarios jugaban de verdad a la democracia y cerraban filas con la política antiterrorista del Gobierno de Aznar (que, insistamos, perdonó, excarceló, negoció, prometió al «Movimiento Vasco de Liberación», como gustó de llamarlo Aznar). Pero ahí están las nuevas Erinias haciendo un uso obsceno del dolor de las víctimas, buscando una involución hacia la barbarie. Ahí está esa foto emblemática del caluroso apretón de manos que se dieron José Alcaraz, presidente de la AVT y Ricardo Sáenz de Inestrillas, conocido ultraderechista, en la penúltima manifestación contra el Gobierno. Ahí está de nuevo la España negra, de alma a cuatro patas, la que «ora y embiste cuando se digna usar de la cabeza». Empieza a ser temible. Empieza a ser urgente frenar este intento de involución hacia el pasado más negro de nuestra historia. Con las armas de la razón y de las urnas, no con el golpismo que, sin el menor disimulo ya, propugnan las insaciables Erinias.

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