Hace años, ocho tal vez, tuve el placer de hacer un viaje con Greta, una amiga muy especial para mí. Habíamos recalado en Marrakeh. En una fugaz e intensa visita al valle del río Ourika establecimos lazos de amistad y conocimiento con un bereber de falso nombre Mustafá.

La vuelta a la ciudad imperial fue un estimulante viaje de cuarenta kilómetros por un simulacro de carretera sin tramos rectos. La falta de protección en los bordes permitía la visión de desniveles como anuncio de una eternidad que por suerte no llegó. Casi sin saber cómo fuimos a dar a un barrio extremo acompañados por Mustafá del cual ya conocíamos su nombre verdadero. El objetivo era ver la obra pictórica de un artista llamado Houcine . En la media tarde de diciembre ya era de noche cerca del desierto. En una casucha semiabandonada oímos la historia del pintor, cojo como secuela y recuerdo de su pasado militar. Houcine alabó la belleza de Greta comparándola con ‘las hermosas mujeres ,… de cándida mirada y ojos tan grandes que semejan huevos escogidos’ según las descripciones del libro sagrado cuando desgrana las recompensas que habrá en el paraíso. Para Houcine, fiel creyente, el Corán no condenaba la representación figurativa. Sólo Allah no tiene forma, es ilimitado y por tanto no se puede representar. Sin embargo allí estábamos viendo la obra de aquel artista de forma clandestina. De algún modo estábamos dentro del terreno de la idolatría y de lo prohibido.

De forma gentil Houcine comparó a mi amiga Greta con Bilkis, aquella a la que amó Salomón. Este descubrió que Bilkis la reina de Saba, no tenía pezuñas de burro según decían, cuando ella arremangó el vestido para no mojarse y se le vieron las piernas.

Tal vez por eso Houcine regaló una hermosa chilaba a Greta a cambio del retrato de sus ojos negros.

Mi amiga que no se llama Greta y yo, esa noche oímos el rezo del muecín desde el minarete de la Mezquita de Kutubia, aunque tenemos la seguridad de que nunca se produjo.

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