tras_la_ventana_1.jpgAquellas cortinas me agobiaban así que decidí tenerlas corridas durante todo el día. La luz del sol de la tarde, sin tamizar, llenaba de alegría el salón. Parecía una estancia totalmente diferente.
Día tras día, me pasaba un rato observando la vida a través de la desnuda ventana.
Tumbada en el sofá, la ventana a mis pies mostraba al fondo las montañas, a media distancia el río y en primer plano el camino por donde les veía pasear.

Día a día me iba dando cuenta de los matices, de detalles que antes no apreciaba.

Empecé a mirar a través de la ventana de pie, pegada al cristal. Ya no me tumbaba en el sofá relajada, no me quería perder nada. Estaba atenta, mis ojos recorrían lentamente la escena intentando captarlo todo, que nada se me escapara.

Y ellos paseaban todos los días.

Empecé a fijarme que todos los días pasaban a la misma hora delante de mi ventana. Él primero, ella aparecía unos 5 minutos después.
Él, con ropa deportiva, aparentemente haciendo footing.
Ella paseando con paso lento, sin prisa, tomando aire tras un día duro de trabajo.
Primero en una dirección. Luego, los dos en la otra. De regreso.

Yo no llegué a saber dónde tenían sus encuentros. Mi vista no alcanzaba tanto. Pero a mí se me antojaba que debía ser entre los árboles de la ribera. Allí donde ninguna mirada curiosa podía llegar.

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