relato_padreMi madre nunca me consentía escarbar en la tierra del monte. Sí en la arena de la playa o en la del parque, pero no en el monte. Una vez me sorprendió haciéndolo. A tu padre no le hizo bien, me decía. No. Y repetía. Nunca más. Yo la quería. Mi madre era morena y alta. Nunca más, gritaba. Y se le hinchaban las venas de su cuello, como si pequeñas y finas ramas se escindieran de su yugular. No recuerdo la altura de mi padre. Y cuando yo nací ya era calvo. De él permanece en mí una imagen. Sólo una. Recostado, con dos inmensas bolsas de plástico tapándole las manos y en su rostro, una barba como astillada, gruesa, y su piel rojiza y endurecida, formando pequeños montículos negruzcos. Tu padre ya no se levantaba de la cama porque sus raíces se han fundido con la madera del cabecero inferior. Por eso, mi madre nunca me dejó dormir sobre ningún canapé que no fuera de hierro. A ser posible, sin canapé, con el colchón a ras del suelo. Fueron muchas las noches que pude pasar junto a ella. Acurrucados. No recuerdo el momento en que nos marchamos. Tal vez tuviera dos o tres años. Tal vez menos. Ella vociferaba. Las ramas crecían en su cuello. Y al ver la luz se convertían en gritos que serraban el aire. Esparcían sobre mi oreja pequeñas cortezas de viento que solían hacerme cosquillas.

Poco, muy poco de aquella época dejó muescas legibles en mi memoria. Lo demás son jeroglíficos. Imágenes barnizadas. La vida siguió para nosotros dos. No juegues con la tierra del monte. Tu padre se dedicaba a eso. Paseábamos por los bosques, infinitas horas. Algunas noches dormíamos a la intemperie. Era en verano. Con el calor. Juntos. No arranques las cortezas, me gritaba cuando veía que me acercaba a un árbol. Al principio me asustaban sus gritos. Mi madre me dejaba muchas veces solo. Aquello me dolía. En especial en esos momentos en los que ella quedaba en trance. Se aproximaba a algún pequeño roble. Lo rodeaba con sus brazos. Aquellos árboles me arrebataban con dolorosa suficiencia caricias que eran para mí.

Por eso a veces me vengaba arrojando por la ventana algunas de las incontables plantas que llenaban nuestra casa. Ella las cuidaba con celo. Desmedido celo. Una vez subió de la calle con una maceta que yo acababa de tirar hecha trizas entre sus manos. Contenía un pequeño árbol. De él colgaba su tallo muerto. Mi madre rebuscaba con ahínco entre la tierra. Sacó una pequeña piedra con forma de corazón. Las ramas se extendían ahora por su frente, sus brazos, sus manos y sus ojos. Mira lo que has hecho. Me dijo. Le has matado. Me lo arrojó. Sus ojos parecieron hundirse bajo tierra. A muchos metros de profundad. Sumergidos en quien sabe qué imagen subterránea. Déjalo, luego lo limpiaré. Y se retiró a su habitación. Sentí que algo me molestaba en mi dedo índice. Había una astilla clavada en la carne.

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