No me gustó volver aquel lugar después de treinta años. Era el Hospital  dónde mi padre había muerto, yo tenía seis años. Mi último recuerdo era su imagen diciéndome  adiós desde la ventana de la habitación. Yo estaba  en la calle con mi abriguito azul celeste, llorando. Fui para sustituir al odontólogo en la Unidad de Psiquiatría.
Eran revisiones y me iba a llevar poco tiempo así que empecé por ver las Historias Clínicas. La primera pertenecía a una tal Ana Arias, el mismo nombre y apellido que la compañera del colegio de monjas donde yo había estudiado. No había fotografía pero podía recordar su pelo negro, los ojos azules de gato persa, la cicatriz a la altura del labio superior de la que nunca supimos la causa.
Cuando llegué al botiquín había una mujer sentada en el sillón, le colgaba el pelo negro por el respaldo. Me senté  frente a ella. La reconocí. A pesar del deterioro físico  la cicatriz no me dejó ninguna  duda, era  Ana. No me miró. Sólo dijo – inyecciones no.
– Ana ¿cómo estas?  ¿Te acuerdas de mi? Apenas levantó la vista.
– Sí, Leonora Fernández  de 7º C  tu compañera de pupitre era Matilde. Inyecciones no.
– No claro. Lo pasamos bien ¿eh?
– ¿Cuándo?
– Ya sabes, en el cole, me acuerdo como si fuera hoy el día que empezaste nueva, en el recreo nos dijiste que te gustaba mucho, ¿ a que sí ?
– Sí, el colegio era bonito.
A mi nunca me lo pareció pensé,  aquellas paredes pintadas de color verde manzana me parecían horribles. Todo el colegio giraba en torno a una escalera,  enfrente estaba el despacho de la madre superiora, era imposible escabullirse sin ser vista.
Ana seguía hablando.
– En el anterior colegio le dijeron a mi madre que yo era indisciplinada, contestona,  que necesitaba mano dura. Yo rezaba para cambiar, siempre, incluso cuando estaba sentada en clase, rezaba.
– Yo me partía de risa con tus comentarios Ana eran buenisimos.
– Vuestras risas, sí. Las palabras salían de mi boca solas y luego el castigo y la vergüenza. Mi cara enrojecida hasta el estallido.
Se agitó en el sillón, por lo que decidí cambiar de tema.
– Es verdad- le dije riéndome- la señorita Pili temblaba cuando tu tomabas la palabra.
Empezó a recitar toda una retahíla de atributos de forma monótona y rápida.
– Era enana, menuda,  pequeña,chepa, seca, amargada…
– Si,  es que tenía aquella expresión tan peculiar, – intenté cortar .
-…amargada,  solterona,  frígida, seca,  amargada – repetía su letanía de insultos.
De nuevo intenté cambiar de asunto, para que se tranquilizara.
– Ahora que lo dices, la verdad es que algo amargada si parecía y no ponía mucha emoción cuando nos contaba sus viajes. ¿Sabes de lo que me estoy acordando?.  De aquella vez que nos contó su viaje a la India. Recuerdo las carcajadas cuando dijiste… ¿como era la frase  que soltaste de repente? Ah  s í- “¡ala! de vacaciones con indios y vaqueros”,  nos retorcíamos de risa.
Cortó su retahíla en seco, por primera vez  clavó sus ojos en mi,  su voz se hizo un susurro,  cuando siguió hablando, sentí frío.
– Aquello me costó la humillación delante de todas vosotras. Fuí expulsada y castigada.
Ví en sus ojos  la mirada de la señorita Pili sobre ella sentenciando “al perchero, no vuelvas hasta que te llame”
Se calló. Quedamos sin palabras durante unos minutos.  Ana volvió la cabeza hacia la puerta,  las manos apretadas en un puño sobre sus muslos.

No sé cuanto  permanecimos así, sin hablar. Los recuerdos fueron llegando engarzados con fuerza y me llevaron  al colegio de aquel tiempo. Ana era brillante en clase de gimnasia tenía un cuerpo hecho para el deporte, era delgada, flexible, rápida…todo lo contrario a mí, la gorda, la torpe. Nadie lo supo pero la odié.

– Hoy te lo digo,… yo te envidiaba, eras la única que le plantabas cara, salias castigada y yo  te veía… no sé, satisfecha, importante ¿no?
– La primera vez, me sentí importante, sí, pero el precio fue muy caro. Horas enteras entre los abrigos, esperando que la puerta de la clase se abriera y alguna me dijera “que entres”. Horas de soledad, impotencia y rabia.
Oyéndola recordé el perchero, como para olvidarse de él, un pequeño cuarto al lado de los servicios, sin ventana ni ventilación alguna. Una bombilla colgaba del techo, que casi siempre estaba fundida. Allí dentro los olores se mezclaban, los de la cocina del comedor, con los de water, sudor, humedad, colonias…
– Buf, el olor que había en el perchero. ¡ Qué asco!
– Cada una de vosotras olía diferente,  os reconocía por el olor de vuestros abrigos, Matilde,  Carmen, Geli, Luisa, y así hasta veinticuatro. Ya no rezaba, sólo lloraba, primero entre abrigos luego en casa. De la tristeza pasé al odio,  a tramar día a día mi venganza.
Una mueca crispó su cara.
– Del perchero pasaba al baño, allí con la cabeza golpeaba la pared, arrancaba el pelo  y eso  me aliviaba .
La miré y vi el dolor en su cara. Me sentí incómoda,  sus recuerdos eran puro sufrimiento. Me revolví en la silla. Afuera llovía.
– Llegaba a casa y me metía debajo de la mesa de la cocina, otra vez a  llorar y pensar como acabar con todo aquello , hasta que el dolor de cabeza era tan intenso que me rendía, me dormía agotada . Y así cada día.
Me miró, de repente, le brillaban los ojos, sus labios recobraron el color rojo, como una niña sabionda empezó a canturrear sonriendo:
-.. fue un accidente,  …fue un accidente…,
Un día Ana propuso jugar al “jódete”. Había que empujarse unas a otras bajando por la escalera, si una caía las demás gritábamos “jódete”. Claro, fue idea suya.
– Menuda bronca nos cayó por lo de la escalera, todas en tropel…
–  risas …,
–  insultos…,
–  empujones…,
–  la escalera interminable…,
– la madre superiora mirando…,
– el timbre sonando enloquecido…,
–  ella delante de mí…,
– alguien te empujó muy fuerte…,
– perdí el equilibrio…,
– caíste sobre ella, empezó a rodar.
– todas a una…,
– “jo-de-te, jo-de-te”
– primero risas,
– cuando llegó al rellano no se movía.
– el silencio.
Las dos dijimos
– está muerta.
Apartó la mirada de la puerta, me miró, sonrió y dijo  “por fin la paz”.
Alguien asomó a la puerta del botiquín y dijo que era la hora. Recogí mis cosas. Fui hacia la puerta. La oí decir, “tu abrigo olía a violetas”.

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Florence y Polly Terry - Lewis Carrol
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