Buscar

Mr Reivaj

Restos del naufragio

Categoría

Relatos

Derecho a la armonía

derecho_armonia
Si no entiendes la vida, ¿cómo vas a entender la muerte?
(Confucio)

– ¿Así que usted es Lisardo Recollo?
– Es mi nombre, pero si vamos a seguir la charla trátame de tú.
– Me habló Jenaro de ti
– ¿Jenaro el cazador?. Buen tipo, aunque mate bichos
Hizo ademán de estrecharme la mano. Sin completar el gesto me mostró la palma mojada. Con sonrisa jovial justificó la acción inacabada sin necesidad de hablar.
Estábamos en la “Senda del Cervigón” junto a los escalones que llegan al mar desde el paseo. El hombre acababa de subir desde las rocas un par de metros más abajo. Mientras preparaba los aparejos de pesca continuó la conversación.
– Las furagañas que yo pesco las echo al mar antes de que mueran.
– ¿Furagañas?
– Furagañas, lubinas, ¿qué más da?, peces vivos que siguen viviendo cuando los suelto. Si pudiese hacer eso con las arceas y las perdices iría a cazar con Jenaro.
Una risotada acompañó el lanzamiento del anzuelo con un latigazo enérgico de la caña .
– Ni él come lo que caza ni yo lo que pesco. En eso sí nos parecemos.
Mi expresión acoquinada le sirvió para cambiar la carcajada por la sonrisa .
– ¿Por qué los sueltas? ¿Por conservar la naturaleza?.
– No me gusta que mueran. Me gusta competir con la pieza. En el fondo creo que es competir conmigo mismo. Así lo hice siempre y así lo seguiré haciendo. Por poco tiempo, eso sí.
Dejé pasar unos segundos mientras él se concentraba en el movimiento de la boya flotante.
– ¿Entonces, dejas la pesca?
– Sin remedio. Los peces no sé si lo saben. Yo sí voy a morir a fecha fija.
La sonrisa volvió a fluctuar aunque no llegó a romper en la carcajada. Con rapidez soltó el resorte del carrete y empezó a recoger el sedal.
– Falsa alarma, no picaron. Los médicos dieron de plazo hasta enero. Me quedan tres meses.
Aproveché el nuevo lanzamiento para decir casi en susurro.
– ¿Y estás bien? ¿No sientes angustia?
– Cuando me lo dijeron cogí un cabreo fuerte, muy fuerte. Un tiempo después pensé que la vida no es solo el momento presente que se tiene entre manos. No es como una furagaña a la que le quito el anzuelo y la devuelvo al mar. La vida es un paisaje completo en el que el fondo tiene tanta importancia como la imagen cercana. Como ese horizonte que vemos ahí delante y sin el cual este momento no tendría sentido.
– Si es así como dices ¿qué esperas de la vida entonces?
– Algo muy simple. Espero conseguir la armonía de las partes que componen el cuadro. Una el presente que ahora está entre mis manos para disfrutarlo como yo quiera mientras pueda. Otra el horizonte que sirve de fondo. Ese horizonte que señala el futuro y que debe de ser consistente y con sentido.
– ¿Y eso como se concreta?.
– Voy a morir en casa . Cuando quiera, como yo quiera y dando sentido a todo lo que fue mi vida. Así está decidido y preparado.
Mientras estuvo hablando desenganchó el anzuelo, bajó la escalera y soltó el pez que nadó libre. Desde abajo subió el volumen de voz sobre el ruido de las olas .
– El derecho a la armonía como dice Jenaro.
Me dió la espalda y terminó con una risa rotunda y sin fisuras. Todo estaba dicho. Me fuí.

Crepuscular

Se desmorona un edificio que nunca existió. Y sus restos desafían las troneras del cielo. Busco la infancia que nunca tuve por caminos que olvidé. El mar, solo el mar. Caminos sin señales por donde transitan eternos caminantes que alguna vez creyeron tener ojos. Reinterpretar y volver a un pasado que solo existe en el presente inventado. Solo queda sufrir la caída de una piel correosa y arrugada.

 

Doña Encarna

cropped-cabecera_wp_900_196.png

monaguillos
– Y cuando todo se haya terminado ¿qué nos queda?
La voz de la anciana tenía un fondo aguardentoso.
Solo tres niños se atrevieron a mirar hacia la cama. Los demás bajaron la vista. La casa de Doña Encarna la maestra, era la escuela del pueblo. La mujerona tenía una pierna seca.Se había quedado mucho más pequeña que la otra. A veces le dolía sin saber por qué y se quedaba en la cama tomando orujo. Como en aquel momento.
– Repito, ¿qué nos queda?
– Dios, susurró el niño más pequeño cerrando la boca con fuerza hasta desaparecer los labios.
– Ven acá.
Se acercó rápido sin tiempo de levantar el calcetín caído , al descubierto las rodillas huesudas con corteza de mugre.
– Lo vas a decir muy alto y muchas veces, ¿cómo te llamas?.
– Nachín, suspiró
– ¿Cómo? , bramó la furia encamada.
– Ignacio, Ignacio,ig…
El bofetón fue visto y no visto, de ida y vuelta. El eco de su sonido habría de durar muchos años.
Sin embargo, aquel día, en aquel momento, allí acabó la catequesis de Doña Encarna.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑