Buscar

Mr Reivaj

Restos del naufragio

Etiqueta

relato

Mi nombre

mi_nombre
Todas las noches paseo por la playa.

Me gusta ver al sol esconderse tras la línea del horizonte.  Me despido de él, a solas.

Hay un chico que suele pasear por la misma zona de la playa a la misma hora. Un día me fijé que al pasar a mi lado buscaba mis ojos con los suyos.

-¿Cómo te llamas?

Yo simplemente dije mi nombre y seguí camino.

Cada día nos cruzamos.
Él quiere hablarme de su amor, pero yo sonrío, le doy la espalda y me voy.

Dice que vive por mi amor pero sólo sabe mi nombre.

Hace tiempo que no le veo por la playa.

Debería haberle preguntado su nombre.
Debería haberle confesado que no quería despedirme del sol, ni pasear
por la playa al atardecer.Yo quería cruzar mi mirada con la suya.

Debería haberle dicho que yo vivía por su amor, aún no sabiendo su nombre.

Tu abrigo olía a violetas

No me gustó volver aquel lugar después de treinta años. Era el Hospital  dónde mi padre había muerto, yo tenía seis años. Mi último recuerdo era su imagen diciéndome  adiós desde la ventana de la habitación. Yo estaba  en la calle con mi abriguito azul celeste, llorando. Fui para sustituir al odontólogo en la Unidad de Psiquiatría.
Eran revisiones y me iba a llevar poco tiempo así que empecé por ver las Historias Clínicas. La primera pertenecía a una tal Ana Arias, el mismo nombre y apellido que la compañera del colegio de monjas donde yo había estudiado. No había fotografía pero podía recordar su pelo negro, los ojos azules de gato persa, la cicatriz a la altura del labio superior de la que nunca supimos la causa.
Cuando llegué al botiquín había una mujer sentada en el sillón, le colgaba el pelo negro por el respaldo. Me senté  frente a ella. La reconocí. A pesar del deterioro físico  la cicatriz no me dejó ninguna  duda, era  Ana. No me miró. Sólo dijo – inyecciones no.
– Ana ¿cómo estas?  ¿Te acuerdas de mi? Apenas levantó la vista.
– Sí, Leonora Fernández  de 7º C  tu compañera de pupitre era Matilde. Inyecciones no.
– No claro. Lo pasamos bien ¿eh?
– ¿Cuándo?
– Ya sabes, en el cole, me acuerdo como si fuera hoy el día que empezaste nueva, en el recreo nos dijiste que te gustaba mucho, ¿ a que sí ?
– Sí, el colegio era bonito.
A mi nunca me lo pareció pensé,  aquellas paredes pintadas de color verde manzana me parecían horribles. Todo el colegio giraba en torno a una escalera,  enfrente estaba el despacho de la madre superiora, era imposible escabullirse sin ser vista.
Ana seguía hablando.
– En el anterior colegio le dijeron a mi madre que yo era indisciplinada, contestona,  que necesitaba mano dura. Yo rezaba para cambiar, siempre, incluso cuando estaba sentada en clase, rezaba.
– Yo me partía de risa con tus comentarios Ana eran buenisimos.
– Vuestras risas, sí. Las palabras salían de mi boca solas y luego el castigo y la vergüenza. Mi cara enrojecida hasta el estallido.
Se agitó en el sillón, por lo que decidí cambiar de tema.
– Es verdad- le dije riéndome- la señorita Pili temblaba cuando tu tomabas la palabra.
Empezó a recitar toda una retahíla de atributos de forma monótona y rápida.
– Era enana, menuda,  pequeña,chepa, seca, amargada…
– Si,  es que tenía aquella expresión tan peculiar, – intenté cortar .
-…amargada,  solterona,  frígida, seca,  amargada – repetía su letanía de insultos.
De nuevo intenté cambiar de asunto, para que se tranquilizara.
– Ahora que lo dices, la verdad es que algo amargada si parecía y no ponía mucha emoción cuando nos contaba sus viajes. ¿Sabes de lo que me estoy acordando?.  De aquella vez que nos contó su viaje a la India. Recuerdo las carcajadas cuando dijiste… ¿como era la frase  que soltaste de repente? Ah  s í- “¡ala! de vacaciones con indios y vaqueros”,  nos retorcíamos de risa.
Cortó su retahíla en seco, por primera vez  clavó sus ojos en mi,  su voz se hizo un susurro,  cuando siguió hablando, sentí frío.
– Aquello me costó la humillación delante de todas vosotras. Fuí expulsada y castigada.
Ví en sus ojos  la mirada de la señorita Pili sobre ella sentenciando “al perchero, no vuelvas hasta que te llame”
Se calló. Quedamos sin palabras durante unos minutos.  Ana volvió la cabeza hacia la puerta,  las manos apretadas en un puño sobre sus muslos.

No sé cuanto  permanecimos así, sin hablar. Los recuerdos fueron llegando engarzados con fuerza y me llevaron  al colegio de aquel tiempo. Ana era brillante en clase de gimnasia tenía un cuerpo hecho para el deporte, era delgada, flexible, rápida…todo lo contrario a mí, la gorda, la torpe. Nadie lo supo pero la odié.

– Hoy te lo digo,… yo te envidiaba, eras la única que le plantabas cara, salias castigada y yo  te veía… no sé, satisfecha, importante ¿no?
– La primera vez, me sentí importante, sí, pero el precio fue muy caro. Horas enteras entre los abrigos, esperando que la puerta de la clase se abriera y alguna me dijera “que entres”. Horas de soledad, impotencia y rabia.
Oyéndola recordé el perchero, como para olvidarse de él, un pequeño cuarto al lado de los servicios, sin ventana ni ventilación alguna. Una bombilla colgaba del techo, que casi siempre estaba fundida. Allí dentro los olores se mezclaban, los de la cocina del comedor, con los de water, sudor, humedad, colonias…
– Buf, el olor que había en el perchero. ¡ Qué asco!
– Cada una de vosotras olía diferente,  os reconocía por el olor de vuestros abrigos, Matilde,  Carmen, Geli, Luisa, y así hasta veinticuatro. Ya no rezaba, sólo lloraba, primero entre abrigos luego en casa. De la tristeza pasé al odio,  a tramar día a día mi venganza.
Una mueca crispó su cara.
– Del perchero pasaba al baño, allí con la cabeza golpeaba la pared, arrancaba el pelo  y eso  me aliviaba .
La miré y vi el dolor en su cara. Me sentí incómoda,  sus recuerdos eran puro sufrimiento. Me revolví en la silla. Afuera llovía.
– Llegaba a casa y me metía debajo de la mesa de la cocina, otra vez a  llorar y pensar como acabar con todo aquello , hasta que el dolor de cabeza era tan intenso que me rendía, me dormía agotada . Y así cada día.
Me miró, de repente, le brillaban los ojos, sus labios recobraron el color rojo, como una niña sabionda empezó a canturrear sonriendo:
-.. fue un accidente,  …fue un accidente…,
Un día Ana propuso jugar al “jódete”. Había que empujarse unas a otras bajando por la escalera, si una caía las demás gritábamos “jódete”. Claro, fue idea suya.
– Menuda bronca nos cayó por lo de la escalera, todas en tropel…
–  risas …,
–  insultos…,
–  empujones…,
–  la escalera interminable…,
– la madre superiora mirando…,
– el timbre sonando enloquecido…,
–  ella delante de mí…,
– alguien te empujó muy fuerte…,
– perdí el equilibrio…,
– caíste sobre ella, empezó a rodar.
– todas a una…,
– “jo-de-te, jo-de-te”
– primero risas,
– cuando llegó al rellano no se movía.
– el silencio.
Las dos dijimos
– está muerta.
Apartó la mirada de la puerta, me miró, sonrió y dijo  “por fin la paz”.
Alguien asomó a la puerta del botiquín y dijo que era la hora. Recogí mis cosas. Fui hacia la puerta. La oí decir, “tu abrigo olía a violetas”.

abrigo_violetas
Florence y Polly Terry - Lewis Carrol

Aún no

Estudio para "El harén : mujer en la toilette" (1906- Pablo Picasso)
Estudio para "El harén : mujer en la toilette" (1906- Pablo Picasso)

No me digas que me quieres, por favor.

Me asusta. Quiero sentirlo, percibirlo con todos mis sentidos pero no quiero palabras vacías. Hazme vibrar, inúndame de escalofríos, lléname el estómago de mariposas… pero no me digas que me quieres. Aún no.

No se es feliz sólo con oir esas dos palabras. No se debe invertir el orden de los factores. No se consigue el resultado ipso facto, no se deben presuponer los multiplicandos.
Déjame saborear el proceso, el sumar una y otra vez hasta llegar a la multiplicación más exquisita, elaborada y perfecta…
No quiero la frialdad de una calculadora. Me gusta más la plumilla, la tinta y la mancha en el cuaderno. Número a número, perfectamente alineados. O no tan perfectamente…

No me digas que me quieres. Aún no. Déjalo para cuando ya no haya más que decir porque hayamos exprimido cada gota de este dulce jugo.

Déjame creer que no está todo conseguido.

Tándem

tandem_noeLas Landas francesas, llenas de caminos y pistas a recorrer en bicicletas.  Nosotros quisimos alquilar un tándem.  “Una nueva experiencia” “Algo para hacer juntos”.
Equilibrando fuerzas, uniendo fuerzas, aunando esfuerzos…
El “monsieur” que nos lo alquiló nos advirtió que no era tan fácil como ir solo en una bicicleta.  Nos aconsejó hacer una prueba antes de alquilarla. “C´est compliquée”
“La vida es complicada, señor.  Ahí está la diversión.  Probar cosas nuevas, que se tambaleen los cimientos, que las mariposas no dejen de aletear.  Si sale mal, a resetear el sistema.  Pero ¿y si sale bien? ¡¡Una pasada!! (por no decir ¡de puta madre! que esto es para todos los públicos)”

Así que tras la breve prueba, alquilamos un tándem.
Él delante, yo detrás.
Delante la dirección, los ojos, los cambios de velocidad, la fuerza, el peso del equilibrio…
Detrás el apoyo, la ayuda en el pedaleo y en el equilibrio, la compañía…

Es una experiencia curiosa.  Si vas detrás (que es donde yo iba) te despreocupas de dirigir, te dejas llevar, te acoplas al ritmo de pedaleo del que va delante.  Cuando hay cuestas hacia arriba haces fuerza para ayudar, para hacérselo más liviano.  Si hay cuestas hacia abajo, dejas de pedalear y te estás quieta para no desequilibrarle.  En cuanto notas moverse los pedales vuelves a coger el ritmo del pedaleo.
Si oyes el ruido de un motor miras por dónde viene el vehículo y avisas al compañero.
Si vais a deteneros, el que va detrás es un peso más, añadido a la bicicleta.  El que va delante es el que echa el pie abajo.  Este tiene que tener en cuenta que si hace un movimiento brusco puede tirar al compañero aún cuando la bici no se cayera, sólo con una leve inclinación de ésta.

Es una experiencia diferente.  A primera vista es muy cómodo ir detrás, no hay muchas decisiones que tomar, no llevas el peso principal de la marcha.
Pero ¿qué pasa cuándo te encuentras un inconveniente?  El sillín empieza a incomodarte, necesitas hacer un pequeño movimiento para acomodar las posaderas.  No puedes dejar de pedalear como cuando vas en una bicicleta tú sola.  Tienes que aprovechar que haya cuesta abajo y que tu compañero deje de pedalear.  Ahí aprovechas a ajustarte las gafas, limpiarte el sudor y recolocarte encima del sillín.
Bueno, y otra pega que le encuentro a ir detrás es que no ves los baches, te pillan desprevenida, te das un buen golpe en el culo y ¡¡cuidado!! ¡¡puedes perder los pedales!!  Tú compañero nota que le falta apoyo, tú te sientes perdida, los pies en el aire, el culo dolorido…  Cuando vuelves a recuperar el pedal, coges aire y ¿rezas? para que el próximo bache no te coja tan fuera de bolos (como si rezas para que te toque la primitiva, claro)  “Es que una no es muy creyente”

Y finalmente, después de que te acostumbras a todas las novedades que ir en tándem te ofrece, empiezas a disfrutar de ir viendo el paisaje pero (hay un pero, sí) sólo puedes ir viéndolo por los lados, “à droite et à gauche” “Que se note que he practica francés en las vacaciones”.  Delante tienes la espalda de él, evidentemente.  Así que te limitas a pedalear, siguiendo el ritmo, adaptándote a los cambios de velocidad según te va marcando el camino y sobreviviendo cómo puedes a los baches imprevistos del camino.

Bueno, pues ya hice una hora de tándem.  La cambiamos por una vtt (un bicicleta de montaña francesa) y él sigue su camino solo.
Ahora yo me tuesto al sol en la hamaca del mobil-home en un duelo de tú a tú con “le soleil”, al que me enfrento yo solita con mi 30 de protección solar.

Gastronomías domésticas

Botes en el Mar de Joseph Mallord William Turner
Botes en el Mar de Joseph Mallord William Turner

Mi madre siempre fue dulce. Mi padre no. Él era amargo. Más bien ácido, concretó ella. Un poco soso tal vez. No discutían demasiado. No delante mío al menos. Sospechaba que sólo lo hacían los momentos en que se encerraban en su cuarto. Cuando él me gritaba, mi madre le cogía de la mano. Se la apretaba y a mi padre se le oprimía la mirada. Luego se la soltaba y a él se le cerraba la boca. Luego le ponía una mano en la espalda, y a él se le desprendían los dedos sobre mi cabello. Me acariciaba. No importa, me decía. Le faltaba un dedo. El corazón. Luego se marchaba a la calle. Mi madre se agachaba para ponerse a mi altura. Es un buen hombre, no te preocupes. Nunca te hará daño. Una tarde al volver de la escuela la puerta de su cuarto estaba cerrada. Cerrada con llave. Y apenas se oía nada desde fuera. Silencio. Silencio. 8 letras. Silencio. 3 sílabas. No quedaba chocolate en la nevera. Me apetecía un bocata de chocolate. Y no quedaba chocolate. Sonó la cerradura. Me asomé. Imaginaciones mías. La puerta seguía cerrada. ¿Debería bajar a por chocolate? Pero ¿y si papa se enfadase? ¿Y si mama no estuviera para cogerle de la mano? No. No bajaría a por chocolate. No podía. La puerta se abrió. Salió mama. Me sonrió y me dio un beso. ¿Dónde está papa? Está en el cuarto, me dijo. ¿Qué hay de cenar?, le pregunté. No sé hijo ya te haré algo. Y apostilló: Yo ya he comido. Sacó un pan de sándwich del armario. Luego unas lonchas de jamón. Untó mayonesa y puso las lonchas encima. Cariño, papa ha tenido un problema. No te asustes. Está bien. Me dio el bocadillo sobre un plato. Sólo un inconveniente. No podrá trabajar, pero está bien. Se chupó un resto de mayonesa que quedaba en su dedo índice. No le va a pasar nada. Llevaba esa falda de cuadros que también se puso quien sabe que otro día. Toc Toc. Toc. Mama guardó el pan en el armario. Toc Toc Toc. Vi a papa al fondo del pasillo. Llevaba muletas. Le faltaba una pierna.

A partir de entonces siempre que volvía a casa él estaba ahí. Tras la puerta. Acostado en la cama. Como una almohada. Siendo una almohada. No me miraba. No me contestaba cuando le preguntaba donde estaban los cruasanes. Cuando llegaba mama continuaba impasible. Mama era dulce. No te preocupes. Papa está algo triste. Yo te prepararé la merienda. Y luego se encerraba de nuevo con él. Y yo quedaba en sofá. Apartado. Al menos nunca volvió a faltar chocolate en la nevera. Mama traía varias tabletas cada lunes. ¿Tu no quieres? Le preguntaba. No. Ella ya apenas comía. No tengo hambre, estoy llena. Toc Toc Toc. Mi padre sólo se levantaba para ir al baño. Refunfuñaba cuando me cruzaba sin quererlo en su camino. No te preocupes por él, hijo. Pronto volverá a ser el de antes. Una noche no podía dormir. Me levanté para ir al baño. La puerta del cuarto de mis padres estaba cerrada. Era verano. Hacía calor. Mucho calor. No se oía ningún ruido en la habitación. Ni los ronquidos de papa. Al día siguiente le faltaba un brazo.

Fue un accidente. Un terrible accidente, me dijo mama mientras doblaba unas toallas. Las toallas dobladas por ella siempre quedaban perfectas. Sin picos más largos. Ahora tendremos que ayudarle, hijo. Y aunque fueran de distinto tamaño, ella las colocaba en un montón homogéneo. Como aparecen en televisión las capas de una lasaña congelada. Tu padre está triste. Ella me besó en la mejilla. Mama era dulce. Me acerqué al cuarto de mi padre. Ahí seguía. Hundiéndose en el colchón. Unos cuantos milímetros más que el día anterior. Yo no me lo explicaba. Sin una pierna y sin un brazo una persona debería pesar menos. No me vio. Giraba su cuello hacia la mitad derecha de su cuerpo, esa que aun permanecía entera. ¿Qué quieres de comer?, me preguntó mi madre desde la cocina. Las sábanas estaban llenas de rugosidades. Nunca supe como dibujar rugosidades en los ejercicios del colegio. Mi padre no me miraba. Me apetecían canelones. Una de esas rugosidades estaba justo bajo su pie. Me pregunto como podría no molestarle. Le dejaría marca. Como esas con las que uno se levanta en la mejilla al quedarse dormido de lado en el césped. Le faltaban la pierna y el brazo. Y no me miraba. Canelones, grité a mi madre.

Ahí no terminaron los accidentes. Una semana después fue la otra pierna. Y al día siguiente el brazo. Para cuando pasó un mes, mi padre ya no existía. Tu padre ya no está con nosotros. Es una tragedia. Me decía mama sentada delante de mí en la cocina. Se relamía los labios con la lengua. Tal vez fuera un gesto de sufrimiento. O quizás quisiera hacerme ver que tenía un poco de leche en el labio superior. A tu padre siempre le hubiera gustado que tiraran sus cenizas en el mar. Me relamí el labio con gran empeño. Así que iremos y tiraremos sus cenizas en el mar. No tenía leche ni tenía nada. ¿Qué cenizas mama? Ella dejó de relamerse y empezó a frotar su dedo índice en la comisura derecha de su boca ¿El cuerpo de papa no se había amputado entero? Hice lo mismo, pensando que tal vez algún trozo de galleta seguía ahí y ella prefería no hacer mención explícita a ello en un momento tan delicado. La abuela no debería saber eso, así que por el bien de todos usaremos las cenizas del tabaco, ¿podrás no decírselo a nadie, hijo mío? No, tampoco tenía galleta. Sí mama, claro. No tenía nada en los labios ni en las comisuras. Y ella me abrazó. Me besó en la frente y después, comenzó a fregar los cacharros mientras seguía relamiéndose. Mama es dulce. Pero a veces se comporta de manera algo extraña.

Llama a Goldin

Antes de salir a escena toda actuación se desenvuelve en bruma y sueño. La noche gélida y el fotógrafo parecen abandonarme a mi suerte, me pretenden digna pero tengo un cabreo mayor al esperar el autobús. Un coche hace estallar un charco envolviéndome en agua sucia. A la mierda todo, necesito un trago. Camino desnuda con el chubasquero rojo en las manos, hasta que le encuentro, me detengo ante él y entonces me pongo el chubasquero. Me pregunta dónde puede tomar algo; conozco un sitio pero tengo que irme. Me pide acompañarme. Hay que reinventarse para entrar, así que me quito el chubasquero. Sería un bar pero nadie nos atiende, está abierto y vacío.

– ¿Llevas peluca?

– Sólo para los viajes. ¿Qué?

– Parece que sabes bien a dónde  y a quién dirigirte.

– ¿Tienes ganas de besarme?

– Sí

– ¿Te gustan los hombres?

– Sí

– ¿Y si yo fuera un hombre?

– Me encantaría que fueras un hombre

– Ya lo soy.

Hablamos de todo menos de mujeres. Tiene una sonrisa de ensueño. ¿Has escuchado antes nuestra conversación? El chico asiente.No sabría decir cual de los dos no lo encontraba interesante, esa noche nos lo habíamos llevado por delante, simplemente. ¿Y qué quedaba?

Me acordé de Goldin e imaginé la fotografía que esperaba hacerme, cuando me encontrase y fuésemos mujeres o lo que nos hiciera más dignas, ese bar era desde luego una baza…si quería un taxi que me hubiera recogido en casa,y de fondo hablarían por hablar porque nada resultaba entonces más innecesario.

Miré a mi acompañante y le espeté:

– Busca a alguien que te observe, que sepa muy bien que existes, que parezca conformarse con eso, y llámala…llama a Goldin, tiene que hacernos la foto…

Misty and Jimmy Paulette in a taxi, NYC   1991- Nan Goldin
Misty and Jimmy Paulette in a taxi, NYC 1991- Nan Goldin

(Relato inspirado en la fotografía de Nan Goldin – Ejercicio del Curso de Narrativa Breve en el Hotel Kafka)

Entrañas de Madrid

relato_metroEn las entrañas de Madrid. En superficie llueve a mares. Metro Noviciado 20.00 horas.
Sentada en el único banco del andén.
Ruidos de lejos acercándose: un borracho,  despotricando contra ….
Desde el andén de enfrente: voz de mujer gritando.
Por fin el hombre aparece al andén, tambaleándose, con lata de cerveza en la mano, golpeándola con fuerza contra la pared. Se queja con ira: …varias frases sin identificar…hasta …”nunca he comido pan de coño!!”.
La mujer en frente, lo mira con satisfacción y contesta “..que te jodan”.
La violencia enmudece al público presente que procura no oir ni ver.
Hasta que me doy cuenta que estoy asistiendo a un acto de una zarzuela, chulería madrileña…y me río, de repente, me relajo y disfruto de la escena.
Llegan los trenes a la vez. Cada uno de los personajes principales con sus respectivos coros, montamos hacia direcciones opuestas.

El día en que mi padre se convirtió en árbol

relato_padreMi madre nunca me consentía escarbar en la tierra del monte. Sí en la arena de la playa o en la del parque, pero no en el monte. Una vez me sorprendió haciéndolo. A tu padre no le hizo bien, me decía. No. Y repetía. Nunca más. Yo la quería. Mi madre era morena y alta. Nunca más, gritaba. Y se le hinchaban las venas de su cuello, como si pequeñas y finas ramas se escindieran de su yugular. No recuerdo la altura de mi padre. Y cuando yo nací ya era calvo. De él permanece en mí una imagen. Sólo una. Recostado, con dos inmensas bolsas de plástico tapándole las manos y en su rostro, una barba como astillada, gruesa, y su piel rojiza y endurecida, formando pequeños montículos negruzcos. Tu padre ya no se levantaba de la cama porque sus raíces se han fundido con la madera del cabecero inferior. Por eso, mi madre nunca me dejó dormir sobre ningún canapé que no fuera de hierro. A ser posible, sin canapé, con el colchón a ras del suelo. Fueron muchas las noches que pude pasar junto a ella. Acurrucados. No recuerdo el momento en que nos marchamos. Tal vez tuviera dos o tres años. Tal vez menos. Ella vociferaba. Las ramas crecían en su cuello. Y al ver la luz se convertían en gritos que serraban el aire. Esparcían sobre mi oreja pequeñas cortezas de viento que solían hacerme cosquillas.

Poco, muy poco de aquella época dejó muescas legibles en mi memoria. Lo demás son jeroglíficos. Imágenes barnizadas. La vida siguió para nosotros dos. No juegues con la tierra del monte. Tu padre se dedicaba a eso. Paseábamos por los bosques, infinitas horas. Algunas noches dormíamos a la intemperie. Era en verano. Con el calor. Juntos. No arranques las cortezas, me gritaba cuando veía que me acercaba a un árbol. Al principio me asustaban sus gritos. Mi madre me dejaba muchas veces solo. Aquello me dolía. En especial en esos momentos en los que ella quedaba en trance. Se aproximaba a algún pequeño roble. Lo rodeaba con sus brazos. Aquellos árboles me arrebataban con dolorosa suficiencia caricias que eran para mí.

Por eso a veces me vengaba arrojando por la ventana algunas de las incontables plantas que llenaban nuestra casa. Ella las cuidaba con celo. Desmedido celo. Una vez subió de la calle con una maceta que yo acababa de tirar hecha trizas entre sus manos. Contenía un pequeño árbol. De él colgaba su tallo muerto. Mi madre rebuscaba con ahínco entre la tierra. Sacó una pequeña piedra con forma de corazón. Las ramas se extendían ahora por su frente, sus brazos, sus manos y sus ojos. Mira lo que has hecho. Me dijo. Le has matado. Me lo arrojó. Sus ojos parecieron hundirse bajo tierra. A muchos metros de profundad. Sumergidos en quien sabe qué imagen subterránea. Déjalo, luego lo limpiaré. Y se retiró a su habitación. Sentí que algo me molestaba en mi dedo índice. Había una astilla clavada en la carne.

Tras la ventana

tras_la_ventana_1.jpgAquellas cortinas me agobiaban así que decidí tenerlas corridas durante todo el día. La luz del sol de la tarde, sin tamizar, llenaba de alegría el salón. Parecía una estancia totalmente diferente.
Día tras día, me pasaba un rato observando la vida a través de la desnuda ventana.
Tumbada en el sofá, la ventana a mis pies mostraba al fondo las montañas, a media distancia el río y en primer plano el camino por donde les veía pasear.

Día a día me iba dando cuenta de los matices, de detalles que antes no apreciaba.

Empecé a mirar a través de la ventana de pie, pegada al cristal. Ya no me tumbaba en el sofá relajada, no me quería perder nada. Estaba atenta, mis ojos recorrían lentamente la escena intentando captarlo todo, que nada se me escapara.

Y ellos paseaban todos los días.

Empecé a fijarme que todos los días pasaban a la misma hora delante de mi ventana. Él primero, ella aparecía unos 5 minutos después.
Él, con ropa deportiva, aparentemente haciendo footing.
Ella paseando con paso lento, sin prisa, tomando aire tras un día duro de trabajo.
Primero en una dirección. Luego, los dos en la otra. De regreso.

Yo no llegué a saber dónde tenían sus encuentros. Mi vista no alcanzaba tanto. Pero a mí se me antojaba que debía ser entre los árboles de la ribera. Allí donde ninguna mirada curiosa podía llegar.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑